De prisas y vidas alternas

Me levanto diario para correr a donde nunca quiero llegar, con gente a la que nunca quiero ver y a pronunciar palabras que nunca quiero decir para soportar lo que no tengo ganas de soportar. Corro porque creo que eso adelantará tanto mi día como mi llegada a donde sí quiero estar, de la misma que corro hacia ti porque siempre te quiero ver y decirte todo aquello que me nace decir, contigo encuentro una vida menos artificial. En fin, se corre porque se tiene prisa y yo tengo prisa de ti y de ser feliz. Aunque no seamos iguales, o sí. Aunque de pronto nos odiemos, o no. No sé ni cómo decirte que siento imposibilidad hacia ti, que te veo tan colmado por dentro y tan inerte por fuera. Sin culparte necesariamente por tu rareza, yo quisiera poder premiar tu generosidad y sensibilidad con más vida y más sonrisas y más luz, pero todos esos permisos vienen de ti y si tú realmente no lo quieres, yo no puedo hacer mucho. Entonces te pido que no te vuelvas una cosa más de todas las que existen limitándome. No me limites, no me ates la voluntad ni las manos, que las prefiero mil veces desahuciadas a que las coartes. Que yo no sé de prohibiciones, yo no sé de mentes cuadradas. Yo exploro almas, me gusta tocar vidas, ser memoria y alas.  No es lo mío edificar dudas porque yo las desbarato, las demuelo, siento el deber de disipar todo esbozo de oscuridad.

Por lo pronto y a falta de tus señales (o claridad en ellas), no encuentro más que anclarme a mí misma, ausentándome de casi todo, porque ciertamente mi escenario no me interesa por ahora. Me faltan ganas, me faltas tú, mi luz se apaga. No me muevo, pero tampoco te espero porque yo no pretendo malear tu voluntad. Si decides quedarte, te quedas sabiendo que abandonarás tu fábrica de dudas. Si decides dejarlo, avísame que entonces ya no corro ni contigo ni hacia ti. Y seremos solo mi rutina y yo y esa carrera hacia mi próxima vida que aparentemente me está tomando más de lo planeado. Una vida más franca que me antoje dejar de tomar los tiempos, mirar el reloj y pensar en las prisas. Me iré más liviana y calmada entre las calles, haciendo espacio para ti y fingiendo que vas conmigo observando todo aquello que no quisiste quedarte a ver mientras te cuento que ya no eres un adorno en mi jaula, sino un paisaje dentro de mi libertad.

D.

Carta de peticiones

Quiero que no te importen muchas cosas de mí. Que no te importe mi pasado ni las sombras que lo agobiaron, quiero que no te importe la frialdad con la que me visto a diario, porque quiero que seas capaz de ver a través de ella y te atrevas a recorrer el laberinto que te lleva a aquella que es la misma que ves, pero que sólo existe para los íntimos.

Quiero que no te importe mi lado romántico mientras te digo que tú para mí eres magia y que me sorprendes como un mago logra sorprender a un niño. Que hagas de lado mis manías, esas que acompañan y aleccionan a los solitarios, porque a mí no me importan las tuyas y aun así, que sepas que me pareces un misterio que se me antoja develar. Algo me dice que estamos aquí para engrandecernos y el destino me ha creado un instinto que me empuja a estar cerca de ti y buscar tu voz. No sé por qué, pero igual me dejo y fluyo porque mi cuerpo y mi naturaleza así me lo exigen. Y decido no preocuparme porque te veo tan real y humano, deambulando entre las rabietas y las carcajadas y ambos extremos le ganan a mi curiosidad, entonces me disfrazo en las palabras para llegar a ti y llenarte de mí, para que te involucres conmigo y entiendas que en las letras mi alma encuentra el mismo reposo que mi cuerpo en el tuyo.

Quiero que no te importen esas mañanas donde amanezco sintiéndome despreciada y poco valorada por el mundo, cuando siento que la tierra misma donde piso me tiene algo en contra. Cuando provoco el infierno desde mis palabras, cuando un gesto mío basta para declarar la guerra. Quiero que me quieras incluso cuando no me gusta mi país ni la calle donde vivo, cuando no estoy conforme con mi rutina y encuentro en los pasos diarios el desgano de llevar mi día a cabo. Quiero que me aceptes a veces aburrida y otras enamorada, que me veas como un alma de deshoras que encuentra en sus minutos oportunidades susceptibles de volver jamás que titilan entre mis sucesos diarios. Que entiendas que sólo soy feliz en libertad, que no sé de atar ni que me aten, pero también quiero que corras el riesgo cuando me vuelva loca de no encontrar tú aroma y aclame tu presencia en todo momento. Quiero que me aceptes de la forma que quieras, en la hora que sea y en la vida que se pueda.

D.

Carta de despedida #10

Que quizá hoy esté un poco rota, un poco muerta e inservible para todos. Pero no es odio, es dolor. Un dolor que hierve… no sé si me entiendas. Es como descubrir que todo lo tuyo fue cocinado en mentira y plástico. Entonces así nunca te conocí como hasta ahora. Pasé mis noches y mis días con un extraño, metiendo las horas en relojes rotos.

Y puedes irte, yo no soy de las que abrazan y retienen. Me sé libre, así que lo mismo deseo para ti. Tampoco voy a llorar, ya de todo fue suficiente, mi consecuencia es que no sé ni por dónde comenzar a sentir. Lo difícil es amputarme todos esos sentimientos que aún me vinculan contigo, antes de que se vuelvan gangrena dentro de mí. Es desenamorarme de alguien que, además no reconozco. Y veo con tristeza que todo esto pase, porque entiendo por medio de mi dolor que aún existe gente que en su infancia no le quedó clara la diferencia entre los muñecos de plástico y la gente real. Y no, no da lo mismo jugar con los unos que con los otros. Con las personas no se juega, mucho menos con su tiempo y mucho, mucho menos con el corazón ajeno. Me importa que entiendas la gravedad de lo sucedido, porque al final es matar (en un sentido figurado y en otro no tan figurado), matar algo, alguien en todo su conjunto: ilusiones, planes, expectativas. Y sí, pasa todo el tiempo en el mundo real. Somos maleables, somos de fe renovable y flexibles de planes, pero ese no es el punto. El punto es que sembraste ilusión en terreno que sabías fértil para después llegar y cortar ramas a lo estúpido y eso es lo verdaderamente trágico.

Estoy lidiando con esto, lo cual no es divertido ni mucho menos deseable. Estoy adentro de un túnel sujetando al dolor con una mano para poder salir yo antes y que no me alcance una vez que llegue al siguiente capítulo.

Quisiera pensar (y así lo pido a diario) que tu manera de actuar y de lastimar fue inconsciente y totalmente sin afán de dejarme tirada en el camino. Y no quiero culparte, todavía me aventuro a creer que eres buena persona. Una buena persona que, por cagadas del destino, me deja en la puerta del manicomio con una angustia en el pecho y escuchando las voces que preguntan “qué pasó”, y “cómo fue que llegué hasta aquí”. Esas putas preguntas que hacen ver menos grave la muerte que perder la cordura y la fe al mismo tiempo.

Como referencia y para dar mayor claridad a toda la historia, me gustaría decir que todo comenzó para mí muy claro y sin expectativas. Pero hermoso y fluido. Yo no veía ninguna especie de futuro entre los dos, simplemente me dejé llevar viéndolo como algo completamente atemporal.  Sabía muchas cosas incluso antes de saberlas y escuchaba a mis voces internas. Yo no sé de dónde me inventé tanta esperanza, tanto anhelo. No sé en qué parte concebí que esto pudiera atravesar los muros del tiempo y la lógica.  Tampoco sé en qué momento me convertí en una estúpida y me perdí en aquel lema que dice que “el amor hace milagros”. Se me fueron las patas, y ahora me siento cubierta totalmente de mierda, en el piso. Avergonzada.

Puede que toda la culpa al final sea mía, no por no hacer que te enamoraras como lo hice yo de ti, sino por todo lo que quise y lo que no quise ver. Puede también que contigo haya saldado mi karma y si es así, bien merecido lo tengo. Lo acepto. Y una vez aceptada la desgracia que yo misma elegí para mí, te pido que te vayas. Que ya no quiero nada tuyo, que te devuelvo tu recuerdo, tus migajas de tiempo y tu supuesto cariño. Si de algo te puedo acusar, es de tu falsedad, así que deseo que no te dure mucho tiempo, que se te caigan las máscaras, que te falle la memoria y acabe con todos tus telones y finalmente, que la vida te ponga donde te mereces estar. Tal como me acaba de pasar a mí. Me voy, pero quiero que sepas que no quedas invicto ni te vas limpio, por lo menos no de mí.

D.

El síndrome del viajero.

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Estar lejos y sentirse a salvo, saberse protegido por la distancia. Poder ser objetivo y de pronto sentir que no se tiene a qué regresar. No hay ataduras, no hay amor romántico que te espere. Solo estás tú y te encuentras en esa pequeña línea entre volver a todo lo que ya conoces o intentar algo nuevo. Pero uno siempre siente la necesidad malévola de volver; por inercia, responsabilidades y todos aquellos males necesarios que nos anclan a alguna vida en algún lugar. 

Cada que viajo me cuestiono sobre la libertad que poseo y mi deseo más real es el de llegar a ser dueña de un alma tan libre que no me quepa en el cuerpo. Cambiar amor por libertad. Y así también, estoy segura de que cada viaje me acerca a esa sensación de encontrarme en el camino. Por más absurdo que suene, salir a conocer gente y lugares me acerca un poco más a mí, me pone a prueba y ahí resurjo. Un lugar nuevo siempre te va a antojar una vida nueva.

Aún no soy tan libre como quisiera, pero si de algo estoy segura es de que soy mía. Me pertenezco por completo. Me tengo y en mí cuento. No sé qué tienen los viajes que hacen que te aferres a ti mismo sin complicación alguna. Todo eres tú, te vuelves dueño de todo el panorama que se postra ante ti y solo tú sabes con quién lo compartes y a quien extrañas en él. Viajar te hace ver la vida desde una perspectiva que deberíamos conservar todo el tiempo: con autosuficiencia. Entonces te sientes liberado de cualquier dependencia emocional. Es una desconexión automática, maravillosa y también necesaria.

Una vida nómada. Ojalá. Siempre es más fácil cargar una maleta que el peso de toda una vida en el mismo lugar y con ese desamor cotidiano. 

D.

Tan cerca de Dios y tan lejos de la razón

Tengo que comenzar por decir que para esta semana habían varios proyectos de publicación, entre ellos: una carta de despedida, un fragmento de cuento y hasta un ensayo sobre la amistad. Pero dada la situación y entorno político que se ha venido dando, me gustaría aventurarme por esos temas, los cuales nunca he tratado por acá. Si gustan, pueden comentar. Soy consciente de que es un tema susceptible, polémico, que tiene muchas ramificaciones y muchos puntos de encuentro. Lo único que pido es crítica objetiva, inteligente, que cuestione, que proponga. A mí me gustaría saber qué piensa la gente que me lee sobre todo lo que escribo, así que aquí es bienvenida la inteligencia y la razón.

Yo sé que quizá no sea la más indicada para hablar de política. No soy politóloga, no soy socióloga, no estudio el comportamiento humano, ni mucho menos. Pero tengo tantita materia gris que me permite opinar sobre lo que sucede alrededor de mí y en mi país, sobre lo que percibo y lo que veo. Así que de una vez voy aclarando que esto es meramente óptica personal.

Yo quiero expresar que estoy muy encabronada por que haya quedado en la presidencia de USA el Sr. Trump. No estoy de acuerdo para nada, pero lo que sí creo, es que todos nos estamos haciendo unos nacionalistas persignados. Y no somos nacionalistas, ni persignados.

Lo que quiero decir es: basta de esa doble moral que nos gobierna como sociedad mexicana. Paremos de mamar, es en serio. ¿Por qué nos ofendemos tanto cuando un extranjero nos discrimina si entre nosotros lo hacemos mucho más? No sé si se han dado cuenta, pero en nuestro país, en la vida real, los extranjeros tienen preferencia (tanto empresas y productos, como personas). Nosotros mismos no nos cansamos de ponernos el pie, de “chingarnos”. En este país no se conoce el orden, no se conoce la justicia, no se conoce el trabajo en equipo, mucho menos la equidad. Somos malvibrosos con el de a lado, entre mujeres nos tiramos más mierda de la que nos tiran los hombres. Permitimos y fomentamos el machismo, las nuevas generaciones no tienen ni una idea de lo que es la educación, los valores, los buenos modales.

¿Y así nos quejamos de lo que un pelirrojo se para a ladrar pendejada y media ante un micrófono? Y no señores, no hablo de conformismo y mediocridad, no se trata de enumerar las quejas y el lodo en el que está atascado en este país, pero ¿realmente estamos todos orgullosos de ser mexicanos? ¿Realmente nos sentimos muy nacionalistas?.

Tampoco creo que el cambio está en uno. No, no lo está y ahora estoy convencida. La humanidad y más específicamente los mexicanos, necesitamos de hecatombes que nos hagan reaccionar, y yo creo que la desgracia nacional e internacional ya se está asomando. ¿Ahora qué vamos a hacer?, ¿Qué vamos a exigir de nuestras autoridades, como nacionalistas que somos? No podemos ni organizarnos para lograr que nuestro presidente abdique a su posición y, ¿saben por qué? Se llama corrupción, se llama comodidad, se llama compadrazgo y amiguismo. Y pues, como a nadie nos importa, pues que este país se vaya a la mierda, que nos sigan subiendo la gasolina, los impuestos, inventándose multas y reglamentos sin criterio, que le den en la madre a la canasta básica, que nos maten de hambre y de violencia y asunto resuelto: no más hambre, no más pobreza.

Yo quisiera esperar que la gente que se encuentra arriba, en el poder, sintiera tantito orgullo y respeto por su patria. Somos masas lideradas por líderes incompetentes e insensibles, pareciera que fuéramos gobernados por extranjeros.  Así que por un lado debo admitir que celebro que Mr Orange haya ganado y anhelo con todo mi corazón que eso obligue a nuestros gobernantes a mirar desde otras ópticas y que busquen nuestro progreso tanto nacional como económico. Se llaman zonas comerciales y cooperación internacional y el tip es: América Latina. Y no hablo de pintarle cremas a nuestros vecinos del norte; hablo de perder el miedo a probar nuevas alternativas en territorios más extensos, con gente que habla nuestro mismo idioma, que tiene sensibilidades y metas parecidas. Yo me siento orgullosa de ser mexicana, orgullosa también de ser latina, creo en la libre competencia, creo que hay alternativas que no han sido exploradas y sé que tenemos muchas oportunidades de mejora como país. Tenemos una mentalidad muy pobre, muy de la “chingada” como nación y es eso lo que simplemente no nos deja crecer.

Y también creo que un día gente muy chingona, visionaria y capaz va a liderarnos. Va a sacar de la barranca a este país, hay que creerlo, hay que decretarlo. Por nuestra parte está impulsar las cosas como una comunidad, perder el miedo al éxito en toda su concepción y dejar que esa gente llegue al poder, apoyarla y apoyarnos para que así sea y esperemos que nos toque verlo.

D.